Relatos en el pecho

Todas las personas estamos construidas y construimos historias, las experiencias nos atraviesan desbaratándonos y moldeándonos en obras perfectas siempre en proceso. Quise darle vida a dos frases que me han acompañado y que refieren un antes/después, un delante/atrás, un proceso/resultado y una voz personal/grupal.


El corazón se me ha roto muchas veces y en muchas partes. Cada una de éstas me ha enseñado algo sobre mí, algo sobre el mundo (que también soy yo) y sobretodo sobre el amor. Unos años atrás me enfoqué bastante en el dolor de la ruptura, el que te mastica y luego te escupe dejándote "sin nada" excepto un hueco, que a lo agujero negro, atraviesa todos tus universos.


Despedidas, mentiras, cambios, ausencias, son algunas de las vivencias que pueda sentirse como si nos dieran con un martillo en la mitad del pecho. De unos años para acá también me he venido percatando de lo que ocurre luego de la ruptura: el corazón crece.


Les comparto aquí las historias de dónde surgen estas frases, que amorosamente Camila Villota me ayudó a traer a la vida, a los colores, al mundo material.




"Se me quebró el corazón y nacieron las flores"

El encuentro que existe entre dos personas durante un proceso terapéutico, hace que ambas se transformen y crezcan. Este relato va por ahí. Hace algunos meses me escribió una persona que se encontraba bastante aturdida por tantos cambios, con una separación muy reciente, en una ciudad nueva y lo que me parecía un distanciamiento de ella misma y por ende, de la vida.


Empezamos el proceso psicoterapéutico y cada vez era más evidente la necesidad de rescatar su propia voz, porque en ocasiones las vueltas pueden ser tantas y tan rápidas que ya no sabemos dónde está el centro. Con la consigna de "día a día toma la decisión que más te acerque a la salud" pasamos un par de meses trabajando en la reconstrucción de un piso, su piso, su auto-apoyo. La historia tiene más sustancia, pero esa parte no es mía.


Aquí les quiero contar lo que me pasó en la mitad del pecho cuando un buen día, espontáneamente como la vida misma, hacia la mitad de la consulta, sostenemos un contacto visual unos segundos y escucho salir de su boca:


"Vero, me siento viva"


Se me quebró el corazón, de la manera más deliciosa y sutil posible. Mis ojos se llenaron de agua, al compartirme su experiencia de amor, esta paciente tocó justo ahí en la mitad de mi pecho, se me quebró el corazón y nacieron las flores, porque más que una ruptura, es una expansión:


"Yo también me siento viva, querida. Gracias por compartirlo"



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"La puerta por donde sale el miedo entra el amor"

Esta historia sí es mía, o eso creía hasta que la empecé a escribir. La historia de como solté el tope denso al que me sometía egoicamente fue - y sigue siendo- un trabajo en conjunto con mi familia, mis amigues, mi pareja, mis ciudades, mis lagrimas, mis rechazos, mi terapeuta, mis ausencias, mis logros, mis carcajadas, mis riesgos, mi recogerme a pedazos, mis criticas, etc. En sí este relato tiene que ver con aquella vez donde pude abrir la puerta entre mí y lo demás.


Mi objetivo para ese retiro de cuatro días era encontrarme con los topes -los denominaba yo- que no me dejaban sentirme parte, sentirme en conexión con otras personas y con el entorno en general. Las experiencias en los retiros intensivos son bastante movilizadores y con todos los cuidados sugeridos, los recomiendo, es que necesitamos un espacio aislado el apuro cotidiano para explorarnos.


Después de trabajar en alianza con otra compañera sobre nuestras niñitas interiores, me empecé a sentir mareada, diría yo que me "iba a dar la pálida". Con las manos heladas y sentada en una ronda, me atropellaron pensamientos de este tipo: "Me enloquecí, yo qué hago acá contando mi historia, mostrándome así, llorando, qué infantil, qué estarán pensando de mí..." era tanto el malestar que decidí acostarme en el piso, en este punto se me iba la luz, pensé: "me voy a desmallar" y me entregué al piso.


Del piso no pasé, eso es evidente, tampoco me desmallé, corporalmente sentía chorros de aire helado salir por mis orejas y por entre mis piernas. La experiencia física era más intensa que las palabras que encuentro para explicarlo. De mí salió el frío y junto con este los pensamientos ilusorios de que no hago parte. El mareo fue pasando, pude reincorporarme y una vez sentada mis ojos se encontraron con las demás personas que respetuosamente me esperaron.


Vi el atardecer, era naranja y morado, unos caballos pasaban al fondo, habían flores rosadas, escuché la música y sentí amor: "acá todo(s) es(somos) amor". Disfruté del presente, proyectando mi cabeza en esta ocasión con pensamientos de este tipo: "qué lindo es el cielo, qué tierna la compañera que me dio la mano, qué gran oportunidad ver y respirar, qué dicha la música, qué regalo, gracias".


Sí, viajé a otro país para tener este momento de comunión con el presente donde me pude percatar por un instante que los llamados topes (ideas, miedos, fantasías) son solo una ilusión y que cuando aterrizo en el presente se abre una puerta, yo tengo la llave -todes la tenemos- que abre la puerta por donde sale el miedo y entra el amor.


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© 2011 / Verónica Reyes / Bogotá, Colombia