Síndrome del impostor



El síndrome del impostor no tiene una base biológica, su origen es cultural y social; aparece como una disonancia cognitiva -una tensión interna entre un sistema de ideas, creencias y emociones- entre: los logros percibidos mediante factores externos (halagos, calificaciones, reconocimiento, etc) y cómo la persona se siente frente a estos.


Se trata de un conjunto síntomas que se dan en simultáneo muchas veces, incluidos algunos pensamientos característicos que no permiten a quien lo experimenta: interiorizar sus logros, disfrutarlos y percibirlos meritorios. Además aparece la culpa y la fuerte sensación de que van a ser descubiertos como un fraude por las demás personas.


En 1978, las psicólogas clíncas Clance y Imes, acuñaron el término “fenómeno del impostor”, al percibir en su estudio, mujeres de alto rendimiento académico que a pesar de tener un amplio margen de logros reportaban experimentar sensación de falsedad frente a los mismo y poca credibilidad de su capacidad intelectual (aquí pueden acceder a dicho estudio).


Las autoras expresan dos hallazgos significativos en este estudio; en primer lugar puntualizan como ciertas dinámicas familiares, juntos con la introyección de roles de genero estereotipados contribuyen al desarrollo de este síndrome. Y en segundo lugar, observan como la intervención psicoterapéutica contribuye efectivamente para cambiar su autoconcepto de “impostoras”.


De acuerdo con V. Young, en un principio, se describía este conjunto de síntomas como características de personalidad pero en la actualidad no son tomadas como tal. De igual manera, se afirma que aunque el síndrome también aparece en hombres, son las mujeres quienes padecen mayoritariamente el síndrome, debido a que estamos más habituadas a internalizar la equivocación y la crítica, mientras que los hombres tienen a externalizarla.


Así es pues que en la base del síndrome del impostor encontramos una sumatoria entre: introyecciones de mandatos sociales, altos estándares de exigencia, autocrítica y un valor existencial depositado en factores externos al ser. En el exterior podemos evidenciarlo en algunos de estos síntomas:


- El perfeccionismo: “si no queda perfecto no es suficiente”

- El solista: “si fuese inteligente podría solx”

- Culpa frente a los logros: “tuve buena suerte, me hicieron un favor”

- El miedo al fracaso: ““No puedo equivocarme, soy un fraude, me van a atrapar”

- Exceso de trabajo Workaholic: “trabajo mucho para compensar el `fraude`”

- Subestimar los propios logros: “cualquiera lo puede hacer, no es para tanto”

- Rechazar o minimizar las halagos: “no lo merezco”


Las personas con alto rendimiento tienden a presentar más estos síntomas debido a la poca capacidad que tienen para internalizar y afirmarse en su nivel de inteligencia; pues tienden a asumir erróneamente que como ellxs pueden realizar las tareas cualquiera podría hacerlo. Este es uno de los punto clave a trabajar en psicoterapia, para que las personas puedan desescalar su nivel de autoexigencia a un plano real y además resignifiquen el estándar con el cual están midiendo sus logros.


Al tener el síndrome del impostor una procedencia social, va a ser de mucho provecho trabajar con las bases que han venido constituyéndonos, para cuestionarlas, aprender nuevas/más saludables maneras de pensarnos, y ponerlas en practica; aquí algunos puntos para empezar el tratamiento:


  1. Aceptar que la idea de la perfección es tanto injusta como imposible; no podemos hacerlo todo perfecto porque no existe la perfección tal y como la tenemos significada. La vida siempre está en movimiento y hay que hacer las paces con esto.

  2. El síndrome no se supera solo y mucho menos intentando acallarlo con la consecución de agentes externos como: halagos, calificaciones, dinero, relaciones, likes, etc. El valor siempre va a provenir de nuestra existencia. Hay que dejar de buscar por fuera.

  3. Cuestionarse sobre a intención y la motivación de sus acciones va a ayudar a diferenciarles de un impostor real, que es una persona que a voluntad engaña a los demás para conseguir beneficios personales.

  4. Nosotros nos identificamos con nuestros pensamientos, sin embargo, no somos nuestros pensamientos. El pensamiento es un conjunto de ideas que así como fueron adquiridas, pueden ser cuestionadas y actualizadas por unas ideas más sanas, que provean bienestar real. Los sentimientos van a cambiar una vez logremos transformar la forma en la que pensamos.

  5. Recibir y agradecer cumplidos. Dejar las explicaciones y las bromas de lado, permite que escuchemos y tomemos lo que las personas nos quieren dar.

  6. Evidenciar cómo sí hemos tomado las oportunidades que se han presentado. Ejemplo: tuve suerte porque estudié en “x universidad” y reencuadrarlo nombrando como tome la oportunidad: asistí a las clases, presente los trabajos y estudie para los exámenes.

  7. Darle crédito a las personas que nos admiran, porque decir que “no se dan cuenta” también es subvalorar estas personas y sus capacidades.


Todos los aspectos en los que podamos trabajar para sentirnos mejor merecen ser atendidos. En el caso de este este síndrome puedo nombrar dos beneficios contundentes por los cuales vale la pena trabajarlo; primero, porque si no lo hacemos probablemente vayamos a incurrir en el autosabotaje, es decir, nos vamos a obstaculizar objetivos nuevos, mejorar de condiciones, aportar lo que realmente podemos dar; y segundo, porque no vale la pena someternos a un malestar que tiene solución.


VIDA REAL podcast: https://ladivorcee.com/2019/06/27/vida-real-episodio-9-sindrome-del-impostor/


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